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Sobre el recuerdo presente

Lo recuerdo. Estuvimos hablando toda la hora, mientras tomabamos ese café amargo que chocaba con la dulzura de la conversación, chocaba y quemaba en mi lengua, pero el sabor del líquido era lo de menos. Recuerdo cada frase. Paseábamos nuestras miradas por los gestos del otro. Eso es lo que hacíamos, hablar. Aunque más bien unicamente hablaba él, yo sólo le miraba y sonreía como si me fuera la vida en ello, como si no pudiera hacer otra cosa que absorver el aliento de sus palabras y pestañeos, como si supiera que del recuerdo de esa hora viviría durante otras 168.


Basta. El recuerdo siempre llega maleducado cuando quiere, ácido, hiriente y dulce como sólo él puede ser. Maldito sea.
Vuelve al presente, vamos.

Mira fijamente al suelo con la cabeza gacha y las manos, con los puños cerrados, están ahora inmersas en los amplios bolsillos de sus vaqueros. ¿Qué le pasa? Me acerco a él, sencilla y contenta, ¿porqué no estarlo? Hoy es un buen día, estoy tranquila y todo el que me rodea parece contagiarse con fácilidad de mi estado de ánimo armonioso. Echaba de menos un día así, ya iba siendo hora. Le levanto la cara suavemente con el dorso de la mano y él me mira con su fantástica y triste sonrisa. Yo se la devuelvo y me asegura que está bien, que no me preocupe, pero no sé si acerle caso. Mientras se enciende un pitillo, yo estudio sus movimientos cansados; la mala leche con la que aprieta la rueda del mechero, la profunda calada que inicia la combustión del cigarro, como con la mano libre se atusa los rebeldes mechones de pelo que a él le gusta siempre llevar alborotados.

Dudo. Vuelvo a dudar y me acerco, parece derrotado. Me lanza una mirada llena de reproche "te he dicho que estoy bien, en serio, no te preocupes porfavor" y me alejo de nuevo. Me duele verle así, me duele no verle riendo y moviéndose como el culo de mal asiento que es. Pero quien lo diría viendole ahora petrificado, apoyado en la pared mientras fuma, como si estuviera fusionandose con el hormigón del sucio muro.
Quiza solo necesite un abrazo.



6 de Noviembre, Barajas, Madrid. ¿Otra vez? Si, otra vez.
Estaba impaciente, un nudo extraño se había apoderado de mi hambriento estómago y, sintiéndome su víctima, no sabía si llorar o reir, si gritar de miedo o ponerme a saltar de emoción.
Los pasajeros del vuelo procedente de New York ya habían comenzado a salir de la sala de recogida de equipajes hacía algunos minutos. Por el pasillo desfilaban decenas de caras; unas sonrientes, otras cansadas, emocionadas, aliviadas, rebosantes de felicidad e incluso pasaba de cuando en cuando alguna que otra cara lánguida y triste. Pasaban muchas caras, pero ninguna era la suya, ninguna era la que yo necesitaba.
¿Y si no había podido coger el vuelo? No, me habría llamado para avisar. ¿Y si en el último momento se había arrepentido y había decidido que no quería volver a verme? No, no me habría llamado entonces... Por fin le ví. Salió por la puerta con esa mirada anhelante que siempre amé, cargando con una pequeña bolsa de gimnasio y un maletín negro que se me antojo demasiado esquisito, parecía que aquella gran ciudad había hecho mella de algún modo en él. ¿Me estaría buscando? Pues claro, a quién si no.
Siguió un rato buscándome con esos ojos dulces, pequeños y vivaces hasta que al fin me encontró y pude apreciar esa sonrisa que tanto heché de menos, esa sonrisa que tantas veces quise borrar de mi memoria durante aquellos meses.

Se colocó frente a mi y le miré largamente, respirando su aroma, emborrachándome con la laguna de sus ojos grises, colmandome de felicidad por cada segundo que pasaba frente a mi.
No sabía qué hacer. No sabía qué decir. No sabía cómo actuar. Y él tampoco.
"Ahora... sólo necesito un abrazo" me dijo. Y le abracé.



Joder. Me acerco a él, que tira el cigarro al asfalto con violencia y me mira malhumorado. Despega los labios y antes de que diga nada ya sé lo que me va a decir: que está bien y que le deje en paz, que no quiere que nadie se preocupe por él y menos yo, que sabe cuidar de si mismo... Asique, como sé lo que va a salir de su boca y no necesito oirlo; le tapo los labios con una mano, sonrío levemente y le abrazo por completo.
Pues espero profundamente que hoy sólo necesite un abrazo.


 ELENA-AG


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